martes, 28 de abril de 2009

Medianoche



Se acercaba la medianoche. El cielo estaba oscuro como el tizón. Había miles de estrellas, y la luna brillaba en todo su esplendor en el centro del universo. Una suave brisa húmeda revoloteaba entre las lánguidas ramas de los árboles del camino, haciendo que éstos dibujasen en el suelo dudosas sombras. Todo parecía estar en calma, excepto ese detalle. El bello de la nuca se me erizó. Estaba sola en aquel funesto camino que llevaba a la lejana y gran mansión. A lo lejos se dibujaba la majestuosa silueta del palacio. Era enorme con grandes portones en la entrada. Tenía varios resaltados de color plateado alrededor de las estrechas y numerosas ventanas, y en el marco de la entrada principal.

El carruaje que me transportaba era de un color negro intenso con farolillos en los extremos del mismo. El cochero y el lacayo, lucían esmóquines para la ocasión, permanecían arriba del carruaje al mando de los seis corceles blancos que tiraban del carruaje. Visto desde fuera, debía tener una visión espectacular, todos al mismo ritmo. Nos acercábamos a la reja de entrada de la propiedad. La reja era de hierro de un gris plomizo, mientras que los muros y el palacio era blanco oscuro casi beig, al igual que el hermoso vestido que yo lucía para la ocasión. El camino estaba oscuro a pesar de los varios farolillos allí instalados. La escasa luz no llegaba muy lejos, solo hasta entrever algo de los inmensos jardines que había a sendos lados del camino.

A la vez que me acercaba al lugar donde los carruajes se detenían para dejar a sus huéspedes, todo se veía con más claridad debido a la gran iluminación que había allí. El lugar estaba atestado de invitados engalanados con sus vestidos y esmóquines. Había varios mayordomos, contratados para esta ocasión especial, daban la bienvenida al palacio y anunciaba las llegadas. Justo delante de la escalerilla que subía hacía la entrada del palacio, había una gran fuente en la que reposaba la diosa Venus, la diosa del Amor. Era preciosa, parecía que estaba allí en persona, para contemplar aquel espectáculo. Mi gran momento se iba acercando, el tiempo volaba. Quedaba menos de tres horas para medianoche. Tendría que aprovechar el tiempo al máximo, el tiempo se acabaría y tendría que volver a casa.

Dentro del carruaje todo era sombrío, solo había la luz que entraba entre las gruesas cortinas de terciopelo carmesí, luz procedente de la gran iluminación del exterior. Cuando se abrió la puerta del mismo, todo era mágico, todo parecía brillar, era deslumbrante ver la variedad de luminosidad que allí había. El lacayo se apresuró para abrirme la portezuela y ayudarme a salir del carruaje. Esto hizo que saliese de mi asombramiento. Había personas de distintas índoles, todas de alta alcurnia, todas con sus vestidos de galas, todas se conocían y se saludaban cordialmente según dictan las normas del decoro. Nunca había tenido la oportunidad de vivir un momento como aquel. Estaba muy emocionada.

Bajé del carruaje y me topé con todo el revuelo. Me encontraba a pies de la gran escalera que conducía a la entrada principal del palacio. Entre el gentío, allá, allá arriba de la escalera, alguien me observaba fijamente, lo presentía. No podía moverme, tan solo avancé un par de pasos cuando bajé del carruaje, así que allí estaba “perdida” con los pies clavados en el suelo. Algo en mi expresión alertó a aquella persona que me observaba desde lejos. La emoción recorría cada fibra de mi cuerpo; la angustia recorría mi rostro, la angustia de sentirme sola. No conocía a nadie, estaba asustada a pesar de la cantidad de personas que merodeaban a mí alrededor.

Logré divisar a lo lejos el par de ojos serios con destellos de diversión. Pertenecía a un caballero. Un caballero que no conocía, un caballero que nunca había visto, ¿quién era? La expresión de mi rostro no cambiaba y creo que por momentos que pasaba iba a peor ¿qué me pasaba? De pronto mi corazón empezó a latir desbocadamente, no supe la razón hasta que vi al misterioso caballero frente a mí. Pero, ¿cómo llegó a mí si no deje de quitarle ojo? Estaba tan absorta en mi estupefacción y mi confusión que no me di cuenta que él había avanzado hacía mí entre el gentío.
Así que, ahí estaba delante de mí con un brillo misterioso en sus ojos. “Marc, a su disposición ¿Puedo ayudarle? Veo que se encuentra algo confusa. ¿Me permite que la guíe?”. Todo eso dijo en cuestión de un momento mientras hacía una firme reverencia y tomaba mi mano para besarla. Una ola de calor subía a mi rostro dándole un toque carmesí a mis mejillas. Sonreí, era lo mínimo que podía hacer, y asentí con la cabeza. Dejé que me guiara, que me condujera al interior del palacio. Parecía que iba volando en una nube a su lado. De vez en cuando se detenía para saludar y dar la bienvenida a los invitados. ¡Santo cielo! No me di cuenta que era uno de los anfitriones de la velada. Al darme cuenta de ese detalle sentí una sensación de gozo impresionante.

Marc, me llevó hasta la puerta del gran salón, donde se reunían toda la multitud y se encontraban numerosas mesas instaladas repletas de alimentos y bebidas. El gran salón era hermosísimo, de lo más bello que nunca había visto. A sus extremos tenía varias columnas doradas, mientras que en las paredes de mármol color ámbar había varios retratos del linaje familiar. Un gran chimenea había en el fondo de la estancia, en este caso, tapada con la gran tarima de los anfitriones. Valiosas vajillas y artículos de cristal y porcelana reposaban sobre los estantes y las vitrinas. La multitud estaba dividida en grupos conversando con sus conocidos, mientras otros revoloteaban alrededor de los manjares que había sobre las mesas, como si fuesen abejas zumbando alrededor de la miel.

Marc, se detuvo ante la puerta del atestado salón. Le susurró algo incomprensible al mayordomo que allí había para anunciar la llegada de los invitados en voz alta. Luego, se volvió hacía mí y me preguntó a qué familia pertenecía. Estaba tan nerviosa, que me quedé en blanco, me quedé bloqueada. No sabía qué decir. Al fin, me serené y respondí con una tímida sonrisa. “Dew, Principesca de Neverland”. Él se me quedó mirando con diversión y un toque de misterio en su mirada junto a una gran sonrisa. Volvió a susurrarle algo al mayordomo, y todo cambió. Él posó mi mano sobre su fuerte antebrazo y dio un paso adelante, arrastrándome junto a él con una gran sonrisa en su rostro. De modo que estábamos justo en la puerta preparados para realizar una entrada “ostentosa”. Yo también sonreía ya que no esperaba hacer una entrada como aquella; además, no tenía ningún motivo ahora para sentir miedo. Estaba acompañada de un fuerte y apuesto caballero. “Marc, Príncipe del reino y anfitrión de la velada, junto a Dew, Principesca de Neverland” dijo el mayordomo en voz en grito. Justo en ese momento, los nervios se apoderaron de mí, pero aún así no dejaba de sonreír. Marc notó mi nerviosismo ya que puso su mano libre sobre mi mano que el sostenía en su antebrazo, para luego, darme un estrujoncito reconfortante. Con su gesto intentaba decirme que él estaba ahí conmigo, que no volvería a perderme.

Caminábamos entre la multitud hacía el centro del mismo, pero por cada paso que dábamos nos deteníamos, él saludaba a los huéspedes y me los presentaba de modo que yo también pudiesen participar en las diversas conversaciones. Nunca pensé conocer a tanta gente en una sola noche. ¡Era increíble! Él nunca se distanciaba mucho de mí, siempre me tenía en su campo de visión. Siempre alerta y atento para que me sintiera cómoda. En ningún momento apartaba su seria y dulce mirada de mi rostro casi siempre sonriente.

En el centro del salón, algunas parejas se movían al compás de las sutiles notas que el pianista hacía que brotasen entre sus dedos. Sin querer, deje al lado la aburrida conversación que tenía un par de viudas ricas y Marc, para dejar mi mirada vagar por el gran salón, deteniéndome en las felices parejas que danzaban. No sabía cuanto tiempo pasó antes que Marc se acercara a mí, sintiéndolo en mi espalda. Mi corazón latía desenfrenadamente en mi pecho, me asustó la idea de que se oyera el golpeteo de mi agitado corazón. Pero no creo que ese sonido sobresaliese entre el ruido que había en la sala. Marc estaba justo detrás de mí, sentía como su fuerte pecho rozaba mi espalda. Acercó sus labios a mi oído para susurrarme algunas palabras. “No seas descortés. No dejes de lado a estas pobres damas” dijo entre risas. “Princesa, ¿me concedes la próxima pieza?, para mí sería un placer compartir unos breves y mágicos instantes bailando contigo”. Le miré con una gran sonrisa en mis labios, sabía que había vuelto a sonrojarme. Él seguía sonriendo esperando una respuesta por mi parte, con lo que asentí con la cabeza en forma de afirmación, dejando que él me llevara hasta el centro de la pista de baile.

De fondo empezó a sonar una suave melodía que incitaba a sus bailarines a bailar un poco más pegado de lo correcto. Para no hacer menos, Marc me atrajo hacía él, de modo que me topé con su plano y fornido pecho. Marc era tan alto como apuesto, moreno de extremidades fuertes. Sus ojos eran de un suave color miel que enamoraban con tan sólo una mirada. No tenía barba, pero sí un rescoldo de perilla en su tensa barbilla. Era tan hermoso como un ángel caído del cielo. Haciendo cuenta de mi asombro por su cercanía, rompió a reír en sonoras carcajadas. Empezó a moverse por todo el gran círculo que había a nuestro alrededor, cómo no, yo iba junto a él dando vueltas sin parar. La gente nos miraba boquiabiertos, asombrados por nuestra gran armonía y habilidad, ya que parecíamos una sola persona danzando. "¡Te das cuenta de lo bien que lo estás haciendo, que todo el mundo nos admira impresionados? Le es imposible evitar mirarnos”. Esto parecía divertirle mucho ya que no paraba de sonreír, mientras hablaba sin perder ningún detalle de los pasos que dábamos. “Será por tu gran destreza en las pistas de bailes. Siempre terminaras deslumbrando a todos y cada uno de los presentes. Por mí no será seguro”. Dije mientras alzaba mi mirada hacía la suya y le regalaba una dulce sonrisa. “Es por ti, amor. Creo que nunca vieron a una dama tan bella y con un gran don para el baile entre mis brazos, como están contemplando ahora. Eres única”. No pude evitar sonrojarme hasta adquirir un tono escarlata en mis mejillas. Era uno de los momentos más emocionantes que nunca esperaba vivir. Para su última respuesta, no tuve respuesta, no supe que responder ya que me cogió por sorpresa. Tan solo, sonreí una vez más, algo que al parecer hice cien mil veces durante toda la velada.

Seguimos bailando al compás, estábamos solos en la pista de baile puesto que nuestros competidores decidieron darse por vencidos al ver que no teníamos igual. La sutil melodía descendía al tiempo que la pieza llegaba a su fin. Mi loco corazón latía descontroladamente cuando Marc me sujetó con firmeza en la espalda con su firme brazo para evitar que me alejara de él. Él me susurraba bellas palabras al oído, al mismo tiempo que me repetía constantemente que no me olvidara de respirar. No sé si era una visión mía, o era real, pero creo que por pocos segundos que pasaban, Marc se acercaba más a mí; su rostro lo tenía aun palmo del mío. Sus labios rozaron suavemente los míos en una caricia. Me acarició mi sonrojada mejilla mientras susurraba “¿te apetece dar un paseo bajo las estrellas y salir de esta sofocante atmósfera?”, ya estaba dirigiéndose conmigo de la mano hacía un balcón abierto que daba al gran jardín antes de que me diese tiempo de responder. Ya no había tiempo para responder. Con todo este jaleo no me di cuenta de que perdí la noción del tiempo; el carruaje estaría esperándome para volver a casa, faltaban pocos minutos para medianoche. Él cogió una rosa de un rosal y me entregó, olía divinamente y era preciosa. Pero sabía que no podía permanecer más tiempo allí. “Lo siento, he de irme, me están esperando”. Le dije apresuradamente echando a correr como pude hacia el carruaje, ya que mi vestido me impedía que avanzara con toda agilidad. Él se quedó petrificado por el repentino giro de la situación. Cuando salió de su asombro, corrió detrás de mí, llamándome…pero yo ya no estaba allí para mirarle, ni sonreírle, ni mucho menos para escucharle…en el lugar donde estuvo hace unos minutos el ostentoso carruaje, tan solo quedaba la rosa que él me entregó varios minutos antes. La rosa de me se me cayó con las prisas de subir al carruaje, sin poderme detener a recogerla… El se agachó parra recoger la rosa del suelo, espero que no malinterpretara esa acción, él me hizo sentir la princesa que siempre fui y era; no quería que pensase que no me importaba él ni los momentos mágicos de aquella noche que nunca olvidaría. Presentís su cara de aflicción después de recoger la rosa, pero yo no podía hacer nada…El carruaje avanzaba velozmente entre el camino que conducía fuera de las fronteras del gran palacio.

Dentro del carruaje todo estaba oscuro, no se veía absolutamente nada; de pronto sentí como si me cayese a un pozo sin fondo, tan oscuro como la nada. Me sobresalté y desperté. No estaba en el sombrío y ostentoso carruaje, ni llevaba el hermoso vestido que llevaba en la gran velada…sino que estaba en mi cama. Todo fue un nuevo sueño, un sueño más para mi colección. Miré el reloj, aún estaba oscuro afuera. Era medianoche…

P.D.: En la vida todo lo que nos quedará será un montón de deseos por cumplir y vivir en nuestros sueños.


Nota: Esta entrada es un sueño que tuve hace unos cuantos días, hará cosa así de una semana.

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