
Hoy, a pesar de estudiar por la mañana, no he podido evitar ponerme a leer a lo largo de casi toda la tarde. Aunque el libro que tenía entre mis manos, ya lo había leído en otra ocasión, no dejaba de sorprenderme. En aquella otra ocasión en que pude apreciar el suave tacto de sus delicadas páginas y sumergirme en el mar de sus palabras, no lo leí con la emoción suficiente para ver ante mí las increíbles escenas que describe está fantástica autora, o incluso, para sentir la emoción y los sentimientos de cada uno de los personajes. Cuando lo leí por primera vez, era una inexperta en el tema en que se basa la trama, la danza clásica, el ballet como bien los conocen otros muchos.
En aquel entonces, yo era más pequeña, no tenía
conocimiento alguno sobre la Danza clásica, ballet o simplemente Clásico, como lo llamaría cada alma que cae entre las redes de la danza. En aquel entonces, al leer el libro, cuando la autora mencionaba un movimiento del bailarín en el escenario, un développé, chassés, alguno que otros battements entre diversos dobles y triples giros…, yo era totalmente indiferente. No sabía qué eran, ni siquiera podía imaginármelos. De este modo, la historia no surtió en mí la reacción que debiese tener.Hoy, en la actualidad, ya no soy una inexperta de clásico. Nunca he tenido la ocasión, aunque me hubiese gustado, de bailar ballet. Tan sólo he tenido la ocasión de acercarme. No sé si habréis escuchado hablar sobre Clásico español. No fue por mucho tiempo, pero para mí fue un año sorprendente, lleno de nuevas experiencias. Por esta razón, hará más de un mes, escribí un post donde decía que me encantaba la música clásica. Ella no podría faltarle a mi vida, ¿cómo podría bailar clásico y no gustarme la música? Eso es imposible. Para poder bailar, tienes que sentir la música. Sentirla como si fuese tu propia sangre corriendo por tus venas. Es una sensación maravillosa. A mí, me hubiese gustado descubrirla mucho tiempo atrás. Descubrir la belleza que esconde las dulces historia de El lago de los cisnes, El cascanueces, Giselle…o, una de las obras más célebres, Romeo y Julieta de Prokofiev.
En fin, con esto lo que quería decir, es que gracias a esa experiencia en el mundo de la danza clásica, pude conocer los ligeros développés, los sutiles chassés, entre otros miles de movimientos que me faltaría tiempo para describirlos, aunque sea solo para nombrarlos. Esto me ha hecho con el tiempo, volver a tomar entre mis manos, ese libro que tan indiferente me pareció en su día y sentarme a leerlo tranquila y pausadamente; con la nueva oportunidad de ver en mi imaginación cada uno de los pas de deux, arabescos con sus respectivos giros y altísimos jetés…cada deslizamiento de los cuerpos danzando, parecían que volaban. Era todo un espectáculo ante mis ojos. Parecía que misma lo vivía. Era impresionante, grandioso.
Pero no es solo rápidos deslizamientos y altísimos jetés…había alegría, amor, pena, preocupación…todos y cada uno de estos sentimientos han pasado por mi piel esta tarde mientras leía esta apasionada historia de jóvenes bailarines con diferentes sueños por alcanzar, sueños no realizados, sueños inalcanzables, sueños rotos…
El libro del que os hablo es “Bailando sobre espinas” de Rebecca Horsfall. Es una apasionante novela en la que se conjugan el amor y abandono, ambición y entrega desinteresada para construir un relato terso, emotivo…inolvidable.

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